LAS CRÓNICAS DE DON JUANITO
La plática en la banca de la plaza: de lo que vale el trabajo y de los que andan perdidos
Sábado, 20 de junio de 2026
Esta mañana me salí temprano a comprar el pan y me quedé un rato sentado en la banca de la plaza principal, ahí abajo de la sombra del fresno. Al lado mío se sentó Don Lupe, que venía de dejar a su nieto en el turno de la mañana, y se puso a revisar el teléfono celular. Estaba viendo una publicación de esas de Facebook que decía que la derecha te quiere convencer de que los lujos de los ricos son derechos y que los derechos de los pobres son lujos.
—Mire nomás, Don Juanito —me dijo enseñándome la pantalla—. Aquí la gente se agarra del chongo diciendo que si la izquierda, que si la derecha, que si unos son los buenos y otros los malos. Ya ni se sabe.
Yo me acomodé el sombrero y le dije: —Mire, Lupe, la verdad es que esas palabras de «izquierda» y «derecha» ya confunden más de lo que ayudan. La cosa hoy en día es más sencilla y más vieja que el hilo negro: de un lado están los dueños del dinero y del otro lado estamos todos los demás, los que salimos a ganarnos el pan con el sudor de la frente.
Y es que, si uno se fija bien, hoy la gente anda bien perdida de los dos lados. Ya nadie sabe bien a dónde pertenece, ni qué quiere, ni qué está dispuesto a dar o a luchar.
Fíjese en los que se dicen de izquierda ahora. Ya no son como los revolucionarios de antes, esos señores de sombrero y bigote que se partían el lomo y arriesgaban la vida en las huelgas para conseguirnos las ocho horas de trabajo que hoy disfrutamos. ¡Qué esperanza! Los de ahora protestan acostados en el sillón de su casa, picándole al teléfono, quejándose en el internet. Tienen miedo de hacer un sacrificio de verdad o de faltar al trabajo porque están bien amarrados con las deudas de las tarjetas o las mensualidades de la casa. Quieren arreglar el mundo pero sin despeinarse y sin incomodar a los patrones.
Pero los del otro lado, los que defienden el dinero, tampoco tocan bien las canciones. Se la pasan diciendo que el que es pobre es porque quiere y que todo es cosa de echarle ganas. Pero ah, no les digas que paguen los impuestos completos o que le suban un poquito al sueldo del ayudante, porque saltan luego luego. Quieren que el negocio rinda pero estirando la liga hasta que truene, sin darse cuenta de que si el de abajo no come, el de arriba no vende.
Mientras esos dos bandos se pelean en la televisión y en las redes sociales con discursos bien ensayados, las empresas grandotas, esas transnacionales que no tienen patria, se siguen llevando el dinero a otros países con puros clics digitales. Esas sí que no piden permiso a ningún gobierno.
Al final, como le dije a Don Lupe mientras nos tomábamos un café de termo, la balanza de la vida no la van a componer los políticos. Esto se arregla por los dos caminos de siempre, los que se caminan todos los días en la fábrica, en la obra o en la tienda. Por un lado, el trabajador que se da su lugar, que sabe lo que vale su tiempo y dice: «No, señor, por esa miseria yo no le trabajo». Y por el otro lado, el dueño del negocio que tiene tantita humanidad y tantito seso, y entiende que para que sus máquinas produzcan necesita tener a su gente contenta, bien pagada y descansada.
Don Lupe se quedó pensando, guardó el celular en la bolsa del pantalón y me dijo: «Tiene razón, Don Juanito. Menos plática de esa que no se entiende y más dignidad a la hora de jalar».
Nos levantamos de la banca, nos sacudimos el pantalón y cada quien agarró para su casa. Porque aquí, los que no somos dueños del dinero, si no trabajamos, no comemos. Así de fácil.
Don Juanito