LAS CRÓNICAS DE DON JUANITO
Sábado, 20 de junio de 2026
El morralito de ixtle y las zapatillas prestadas
Por: Don Juanito
¿Qué tal, mis estimados? Espero que se encuentren de lo mejor. Ayer por la tarde me quedé picado con la plática que tuve con la hija de Doña Carmen, la muchacha que se la pasaba inventando una vida de marquesa en el internet. Así que agarré camino y fui a darme otra vuelta por su casa para ver cómo seguían las cosas después del tremendo porrazo que se dieron al bajarse del pedestal.
Cuando llegué, me dio gusto ver que el ambiente ya era otro. La muchacha ya no traía ese peinado tieso de salón ni andaba vestida con esos trapos caros que usaba para sus videos de «elegancia». Estaba sentada en el patio, bajo la sombra del árbol de sándalo, ayudándole a su mamá a desgranar maíz. Traía el cabello amarrado con una liga y una playera de algodón de lo más normal. Se le veían los ojos cansados, pero la cara más limpia y tranquila.
Me arrimé un banco de madera, saludé a Doña Carmen y me senté con ellas. La muchacha me miró de reojo, medio apenada, y me dijo: «Don Juanito, todavía me da vueltas la cabeza. Siento que me quedé sin nada, que si no soy esa mujer refinada de las redes, ya no soy nadie».
Yo me acomodé el sombrero, solté una risita de esas de viejo y le dije: «Mira, mija, arrímate tantito. ¿Tú te sabes esa canción vieja de Los Hermanos Barrón que se llama ‘La muchacha del morral’?». Ella me vio con cara de extrañeza y negó con la cabeza. Claro, ella es de la época del teléfono celular y las pantallas, qué iba a saber de buena música norteña.
«Pues ponle atención a lo que te voy a decir», le contesté, «porque esa letra se escribió pensando en gente como tú. Esa canción habla de una jovencita de pueblo que andaba muy feliz con su morralito de ixtle al hombro. Pero un día se fue a la ciudad, se puso zapatillas altas, vestidos de seda y empezó a negar a su gente, a hablar finolis y a mirar a todos por encima del hombro, creyéndose de la alta sociedad».
La muchacha se puso colorada porque sintió la pedrada directita. Yo seguí hablando con calma: «¿Y sabes cómo termina la historia, mija? Termina en que a la muchacha se le acaba la fantasía, la bajan de su nube y tiene que regresar al pueblo, con la cabeza gacha, a volver a cargar su morralito de ixtle. El morral no era una vergüenza; la vergüenza fue que ella pensó que unas zapatillas prestadas la hacían mejor persona que los demás».
Le di un trago al café que me arrimó Doña Carmen y rematé el consejo: «A ti te pasó lo mismo. Te fuiste a esconder al mundo alterno del internet, te pusiste la máscara de la elegancia y de los modales perfectos para tapar tus miedos, y hasta usaste las cosas de Dios para sentirte superior a tu propia sangre y al barrio que te vio crecer. Pero la vida es bien sabia, mija. Te quitó las zapatillas de la presunción para que tus pies volvieran a tocar el suelo. No le tengas miedo a ese morralito que traes cargando, que son tus raíces, tu historia y tu madre. Es mejor andar con un morral de ixtle bien puesto y con la frente en alto por ser honesta, que vivir extraviada en una jaula de cristal cuidando que no se te caiga una corona de papel».
Doña Carmen se limpió una lágrima con el delantal y la muchacha se quedó callada un buen rato, viendo las mazorcas en el suelo. Luego, me vio a los ojos y me dijo: «Tiene razón, Don Juanito. Estaba tan cansada de fingir… extrañaba ser yo».
Por eso les digo, mis amigos: el orgullo y la pretensión son un equipaje muy pesado que nomás te amarga el camino. Qué bueno que la realidad le devolvió a esta muchacha su morralito de la humildad. Al final del día, las pantallas se apagan y la ropa fina se desgasta, pero lo que uno es de corazón y la familia que te apoya en las malas, eso es lo único que se queda con nosotros en el suelo de la verdad.
¡Ahí nos vemos en la próxima crónica!