LAS CRÓNICAS DE DON JUANITO
Lugar: Desde la trinchera del pueblo
El día que los agraviados se cansaron de pedir permiso
Fecha: 21 de junio de 2026
Imagínese usted que llega a su casa después de una jornada de doce horas parado frente al pizarrón, aguantando el gis, el calor y los gritos de los muchachos. Tiene los pies hinchados y la espalda molida. Se sienta a echar las cuentas para cuando le toque retirarse, y resulta que todo ese esfuerzo de treinta años no va a valer casi nada. Todo porque a unos señores allá en la Ciudad de México se les ocurrió inventar las mentadas cuentas individuales en 2007 y colgarle a su pensión el freno de las UMA. Uno voltea a ver lo que prometieron los políticos en la tele cuando querían el voto, y la realidad le da un bofetón: no cumplieron. El dinero no alcanza para una vejez digna, y el pretexto de siempre es que «el presupuesto no da».
Eso mismo platicábamos el otro día en una fondita cerca de la carretera. Ahí estaba sentado don Jacinto, un chofer transportista de esos que manejan las cajas grandes de los tráileres. Tenía los ojos rojos del cansancio y del susto. «Mire, Don Juanito», me decía arrastrando las palabras, «ya no se puede manejar en este país. Uno sale de la zona de carga y no sabe si va a regresar vivo con su familia. Te asaltan, te quitan el camión, te golpean en plena luz del día y las patrullas ni se asoman. Nos prometieron seguridad, pero nos dejaron solos en el asfalto».
Y al fondo de la mesa, escuchando en silencio, estaba doña María. Ella no lleva gises ni maneja volantes. Ella lleva en el pecho la foto de su hijo que no ha regresado a casa desde hace tres años. Doña María es una de las tantas madres buscadoras que andan con la pala y el pico bajo el sol, haciendo el trabajo que a los licenciados de las fiscalías les da flojera o miedo hacer. «A nosotras nos cerraron las puertas de los palacios», dijo con una voz que calaba los huesos. «Nos prometieron apoyo en la campaña, pero hoy nos quitan los recursos y nos toca rascar la tierra con las uñas y con el miedo de que nos metan un balazo por buscar a nuestros hijos».
Escuchándolos a los tres, me cayó el veinte de una cosa bien clara: el maestro, el chofer y la madre sufren por culpa de los mismos intermediarios. Esos partidos políticos de toda la vida que vienen, te abrazan, te usan para llenar sus mítines, te sacan el voto y luego se encierran en sus oficinas a repartirse el dinero.
Pero la gente ya abrió los ojos. Como decía el viejo dicho: solo el pueblo puede salvar al pueblo. Y esta vez la solución no es ir a marchar al Zócalo para que nos den una mesa de diálogo que no resuelve nada. ¡No, señor! La cosa es más directa. El dinero del país, ese famoso presupuesto que tanto nos niegan, no lo maneja el Presidente solo; lo autorizan y lo reparten los diputados federales allá en San Lázaro.
Por eso, la idea ya se está sembrando de boca en boca, desde las asambleas de la CNTE en Oaxaca hasta los paraderos de camiones y los colectivos de búsqueda. Ya no vamos a votar por los políticos de siempre para que ellos decidan por nosotros. Ahora viene el PAMA: el Partido de Agraviados y Maestros.
La lógica es sencillita y todo el mundo la entiende porque viene de nuestras comunidades: si queremos que las cosas cambien, el pueblo tiene que meterse directo a la Cámara de Diputados y al Senado. Sin intermediarios. Que el maestro ocupe la curul para borrar las UMA y firmar su pensión justa; que el transportista sea diputado para mandar a la Guardia Nacional a cuidar los caminos; y que la madre buscadora tenga el poder para etiquetar todo el dinero necesario para encontrar a los desaparecidos.
Las resistencias de los de arriba siempre van a estar, pero cuando la fuerza del pueblo se junta, no hay muro que la detenga. La semilla ya está en la tierra y va a florecer desde abajo, con la asamblea y la palabra de honor. Es la hora de los agraviados.
Firmado:
Don Juanito
Sin intermediarios, el presupuesto es del pueblo: ¡Justicia, Paz y Dignidad!