LAS CRÓNICAS DE DON JUANITO
Sábado, 20 de junio de 2026
La señora del dedito parado y el golpe de la realidad
Por: Don Juanito
¿Qué tal, mis amigos? ¿Cómo les va? Hoy les quiero contar algo que vi el otro día en la plaza y que me dejó pensando en cómo cambian las cosas —y las personas— en estos tiempos modernos de la tecnología.
Resulta que iba yo caminando cuando me encontré a Doña Carmen, una vecina de toda la vida. Bueno, para ser sincero, ya casi no es vecina porque hace un año su hija, la muchacha que se la pasa metida en el internet, se ganó unos buenos pesos vendiendo unos «cursos» de modales y elegancia en la computadora. Desde entonces, se llevaron a Doña Carmen a una colonia privada y la señora cambió por completo.
El sábado pasado me la topé en el mercado. Iba vestida como si fuera a una boda de alta alcurnia, caminando tiesa como si trajera un palo en la espalda y hablando con un tono de voz tan bajito y pausado que casi tocaba adivinarle las palabras. Me saludó con la punta de los dedos y me soltó un discurso de que ella ya no comía las cosas de la plaza porque «afectaban su templo espiritual» y que Dios la había bendecido con una vida superior, lejos de la «vulgaridad» del barrio. ¡Válgame Dios! Si yo la conozco desde que vendía tamales los domingos. Me dio una pena ajena verla tan subida en su banquito de sabelotodo, mirando a todos por encima del hombro como si la gente trabajadora fuera menos.
Pero resulta, mis amigos, que la realidad no sabe de marcas ni de poses. Ayer me enteré de que a la hija se le cayó el teatro en el internet. Alguien descubrió que sus consejos eran puros inventos, la gente le dejó de comprar los cursos y las deudas le llegaron hasta el cuello.
¿Y qué creen que pasó hoy en la mañana? Me encontré a Doña Carmen otra vez. Pero esta vez ya no venía tiesa, ni con el dedito parado, ni hablando como reina. Venía con sus sandalias de siempre, cargando sus bolsas del mandado y con los ojos un poquito hinchados de tanto llorar. Se me acercó, me dio un abrazo de esos de verdad, apretados, y me dijo: «Ay, Don Juanito, qué tontas fuimos. Nos creímos superiores por tener cuatro trapos finos y nos alejamos de la gente que de veras nos quería».
A mí me dio gusto verla regresar a la tierra. El porrazo de bajarse de ese pedestal estuvo duro, no se los niego, pero qué bueno que abrieron los ojos. Vivir en ese mundo de mentiras, donde te inventas un personaje para creerte más que tu propia familia, solo te deja solo y amargado.
Por eso les digo, mis estimados: qué bueno es superarse, pero nunca hay que perder el piso. La verdadera elegancia no está en la ropa ni en hablar finolis, sino en tener un corazón limpio, saludar al vecino con gusto y saber de dónde viene uno. Al final del día, la realidad siempre nos acomoda en nuestro lugar, y más vale estar bien plantados en el suelo que andar volando en las nubes de la presunción.
¡Ahí nos vemos en la próxima crónica!